Enrique González Rojo

Una de tantas

Subió los escalones del edificio.
Y al llegar a la última ventana
subió las piernas, cerró los ojos
y se arrojó.
Nadie sabe el infinito número
de pensamientos que pasó por su cerebro
en los segundos que transcurrió ese salto
del ser a la nada.
Ningún milagro fue capaz de detener
la inexorable ley de gravedad.
En el charco de sangre
que rodeaba su cuerpo
flotaban aún las silenciosas peticiones de socorro
que no lograron salir de su garganta.
Se llamaba Soledad, dijo el policía.

(2012)

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