Fingimos que no duele,
con la risa ensayada y los gestos de acero,
que el pecho no cruje por dentro,
que el alma no tiembla en silencio.
Guardamos el grito tras labios cerrados,
y el llanto se esconde detrás de los párpados,
porque sentir parece peligroso,
y mostrarlo, un pecado costoso.
El cuerpo obedece al engaño,
pero sólo al principio, despacio;
luego habla en su idioma callado:
con migrañas, fatiga y espasmos.
Un nudo en la espalda,
el estómago en guerra,
el insomnio que acecha
cuando cae la fachada.
Por dentro, el dolor desoído
se convierte en castigo escondido,
y aquello que no se llora en voz alta
el cuerpo lo convierte en herida.
Desconectarse no salva,
sólo cambia de forma la carga.
Porque todo lo que evitamos sentir
nos encuentra en la carne, sin pedir.
Tal vez sanar no sea huir,
sino sentarse con lo que quema,
llamar por su nombre a la pena
y aprender a vivir con sentir.