Cuando te pienso,
no es la mente la que te nombra.
Son mis manos.
Mi piel.
Mis latidos.
Te pienso con el cuerpo entero,
como quien recuerda el fuego
no por la llama,
sino por cómo ardía.
Tu voz me desviste
aunque no estés.
Y cada palabra que imagino en tus labios
es un roce
que mi piel reconoce sin dudar.
No me basta mirarte.
Quiero habitarte.
Ser tiempo en tus brazos,
ser tregua y tormenta,
ser esa mujer
que te arranca el aliento
y te lo devuelve en forma de caricia.
Porque cuando me tocas,
todo lo demás deja de importar.
No hay relojes.
No hay miedo.
Sólo ese instante—
donde somos hambre
y ofrenda al mismo tiempo.
No te amo en calma.
Te amo en carne.
Te amo en impulso.
Te amo en esa forma
que se escribe con gemidos
y se entiende en la oscuridad.
Y aun así,
después del fuego,
te seguiría amando
en silencio.
Desnuda
y rendida.
Pero siempre tuya.